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Prólogo de Juan Carlos Arroyo al libro “La obra civil y el cine”

Ha habido varias cosas en mi vida que las he soñado antes de conseguirlas. Algunas las puedo confesar.

Los sueños han tenido varias formas de acercarse. Unos sueños son los conscientes que se tejen en paseos íntimos mirando al cielo, a los edificios o a las personas; o en la soledad del cuarto de estudio mirando de forma mecánica los apuntes de Resistencia. En esas situaciones de soledad, que provocan una profunda concentración, me encontraba, sin quererlo, creo, urdiendo historias increíbles, sueños, anhelos; quizás, sin darme cuenta, descubriendo nuevos deseos y caminos por los que ir. Amasaba historias que me impulsaban lejos, a lugares imposibles, a situaciones inalcanzables. Esas historias siempre quedan y ese poso forja el carácter que modifica el comportamiento para que se consiga, de una u otra forma, en mayor o menor medida, ese deseo o uno parecido.

Otros sueños, los que se acercan más a su palabra, son los que se sueñan durmiendo. Esos sueños que parecen no tener explicación y que son la repetición desordenada de sucesos ocurridos, deseados u odiados. Por alguna razón, en algún momento de mi vida soñé sueños que luego se han hecho realidad. ¡Pequeños pasos para la humanidad pero grandes pasos para mí! ¡Qué sé yo!, montar en Vespa, por ejemplo. Recuerdo nítidamente el momento en que lo soñé y recuerdo la Vespa en la que iba. Aún me dura el recuerdo y aún conservo la afición que comencé a cuidar desde que pude comprarme una.

Pero los sueños más especiales, los más potentes, los más reales, los que más poder han ejercido sobre mí son los que he soñado con el cine. Digo que han ejercido poder porque los sueños son mucho más que un momento de gozo, son una de las herramientas para construirse a uno mismo. La felicidad creo que consiste en intentar parecerse a lo que uno quiere ser, es decir a lo que se sueña. Si se sueña yendo al cine, el cine es una parte muy importante de la felicidad.

Son las tres de la mañana. No tengo ningún problema para levantarme porque hoy es un día muy importante. Me vienen a recoger en un todoterreno y salimos hacia la montaña. El camino es largo hasta la falda de la cordillera pero la carretera es buena y se hace bastante corto. Al comenzar la montaña sólo quedan quince kilómetros para la cumbre pero a los ingenieros se les hizo un nudo en el plano y no hay quien vaya a más de cuarenta. Así que tardamos una hora en subir. Seguía siendo de noche cuando llegamos al altiplano de la cumbre. El paisaje excepcional, con el sol en la espalda, permite ver nítidamente la montaña de enfrente, magnífica. Es más alta que ésta y tiene una preciosa fortificación a la que, si Dios quiere, llegaremos dentro de un rato y no por carretera. Descargamos el remolque, extendimos las telas en forma de delta, y las montamos en las barras con sus ballestas de rigidez, montamos los triángulos de mando y, en cinco minutos, estaríamos listos para despegar hacia el castillo de la montaña de enfrente. Desde que vi como el protagonista despegaba su ala delta con una simple carrera por la pendiente y que a partir de ese momento sus ligeros balanceos le permitían gobernar su ala, subir, descender o girar hacia los lados, volando, hasta que conseguí hacer lo mismo pasaron algunos años en los que no dejé de anhelar, de soñar con el vuelo. La película se llama "El asalto de los hombres pájaro”, con James Coburn.

La ingeniería civil comparte con los sueños algo evidente para quien se pare y observe. ¿O no es un sueño desafiar las leyes de la naturaleza, por ejemplo la gravedad, ayudándose de la física, la estática, la hidráulica, la geología, o las matemáticas, para cruzar un valle por un camino artificial separado de la tierra, volando por el aire? ¿O no es un sueño desafiar la fuerza del agua, apresarla, retenerla y canalizarla por cauces artificiales para obtener un beneficio social? Cualquier obra civil de la que se hable encierra un sueño que no se deja ver si no se mira con pasión porque no es un sueño individual, es un sueño colectivo. Su belleza es su beneficio que no se ve a primera vista porque es tan potente lo construido que casi forma parte de lo evidente.

Y la obra civil ha sido y sigue siendo indispensable para soñar, para explicar sueños, para transportar el cuerpo y para que el alma viaje. Las imágenes de los sueños están hechas de trenes, de túneles, de puentes. El cine los ha utilizado para contar sueños, para hacer soñar y para hacerlos soñar a ellos. El cine es sueño, la obra civil es cine, el sueño se hace con obras civiles y las obras civiles son el sueño de locos aventureros desafiantes de las leyes de la realidad.

La profunda relación del cine con la obra civil es tan evidente que sorprende que nadie antes la haya postulado: "una pareja de película".

Este libro también es un sueño. Para mí porque me siento un poco agitador de su nacimiento y porque, como he intentado transmitir, creo en la intensa relación de la que se habla y creo que se ha escrito con un profundo conocimiento y un gran amor por ambas materias.

Quizás sea imposible pensar el cine sin la obra civil. ¿Podría existir el cine sin puentes o sin túneles o sin carreteras o sin puertos? Al igual que la vida, rotundamente no.

Juan Carlos Arroyo Portero
Cinéfilo
Piloto de autogiro
Ingeniero

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