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"Los puentes y el cine"
Artículo de Valentín J. Alejándrez en el periódico de la construcción "Gremios"
Sección "En Profundidad" de las tres ediciones, Aragón, Madrid y País Vasco.
Nº 70. Febrero 2007

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Todo es posible sobre un puente

Levantados sobre la nada, abocados al vacío, son territorio fantasmagórico, mágico, y al mismo tiempo son construcciones artificiales que salvan un obstáculo, el más prosaico ejemplo del triunfo del ingenio humano sobre la naturaleza. Sea por magia o puro ingenio, los puentes se alzan frente a nosotros para demostrar que cualquier problema, por complicado que parezca, se puede resolver.

Esa sensación de que en los puentes todo es posible les convierte en escenario idóneo para las historias de amor. Como si conectar dos orillas aisladas implicara también una comunión de almas. O más aún, como si pudieran armonizar el empuje del corazón con la lógica de la razón.

Recordemos el caso de ‘Los puentes de Madison County' (Clint Eastwood, 1995). El fotógrafo Robert Kincaid (Clint Eastwood) llega hasta Winterset (Iowa, EE.UU) con el propósito de fotografiar unos curiosos puentes del siglo XIX para la revista National Geographic. Allí encuentra a Francesca Johnson (Meryl Streep), un ama de casa que a pesar de sus reservas terminará enamorándose de él. Francesca y Robert se enamoran casi sin querer y, cuando caen en la cuenta de lo hondo de sus sentimientos, se enfrentan al descalabro absoluto que supone en sus vidas.

Los dos puentes que presencian su romance son el Roseman construido en 1883 y el Holliwell, el más largo de los seis que quedan en pie de los diecinueve iniciales. Originalmente fueron construidos como sencillos puentes de madera, pero ante el temor de un rápido deterioro del tablero y del alto precio de reponerlo, se decidió cubrirlos con madera barata para protegerlos. Por lo tanto, además de puentes son también túneles.

El romance dura sólo cuatro días, aquellos en los que la familia de Francesca está fuera, pero sirve para dotar de sentido toda una vida. Antes de morir, Robert y Francesca acuerdan que sus cenizas sean arrojadas desde el Roseman. Sus herederos cumplen el deseo y las cenizas de los dos amantes se pierden en el mismo aire sobre el que se levanta el puente.

Sobre el Pont-Neuf, el puente más viejo de París, transcurre la mayor parte de la acción de una de las películas más controvertidas del cine europeo de los últimos años. ‘Los amantes del Pont-Neuf' (Leos Carax, 1991) cuenta la historia de amor entre Alex (Denis Lavant), un vagabundo que ha instalado su residencia en el puente en obras, y Michelle (Juliette Binoche), una chica de buena familia que se está quedando ciega.

El Pont-Neuf, cerrado al tráfico parisino por obras de cimentación, se convierte en su refugio y en el lugar mágico que facilita el acercamiento de dos personalidades dispares. Se trata del puente más antiguo de París y primero construido con arcos de piedra… y de la película más cara del cine galo. El puente, que ofreció las primeras aceras a los viandantes parisinos, se terminó en 1607, pero el proyecto cinematográfico tiene su origen a comienzos del año 1988 con un presupuesto inicial de 32 millones de francos. Distintos contratiempos llevaron a la decisión de recrear el Pont-Neuf a escala natural en el humedal de La Camargue , junto al pueblo de Lansargues. El decorado tendría 350 metros de largo sobre una finca de 15 hectáreas . El proyecto sufrió varios parones provocados por el imparable aumento del presupuesto y sólo con el apoyo incondicional del INSTITUTO NACIONAL DE CINEMATOGRAFÍA, y la producción final de Christian Fechner, en junio de 1990 el pequeño pueblo cercano a Montpellier presenció el último empujón y el rodaje se terminó en la navidad de 1990 con un presupuesto final de 150 millones de francos.

¿Mereció la pena toda esta inversión? ¿Era tan importante el Pont Neuf? Leos Carax siempre contestará que sí.

Una vez establecido que los puentes son lugar de encuentro para amantes habría que decir que también atraen a los suicidas. Si a la posibilidad del amor se une la de la muerte, el drama gana enteros. Ejemplos claros los encontramos en ‘La chica del puente' (Patrice Leconte, 1999) o en ‘El puente de Waterloo', en cualquiera de sus dos versiones (James Whale, 1931 o Mervin LeRoy, 1940).

La muerte es también una consecuencia inevitable de las guerras, y estas han sido el escenario de una multitud de películas en las que los puentes se convierten en objetivo prioritario de ambos bandos: los unos para destruirlos y los otros para defenderlos.

Superproducciones como ‘El día más largo' (Andrew Marton, Ken Annakin y Bernhard Wicki, 1962), ‘¿Arde París?' (René Clement, 1966) o ‘Un puente lejano' (Richard Attenborough, 1977) han intentado cubrir el drama desde todos los puntos de vista, con el star-system de la época peleándose por los papeles principales.

Pero quizás la más espeluznante de todas las películas que narran el sacrificio humano en tiempos de guerra sea ‘El puente' (Bernhard Wicki, 1957, Die Brücke). Un grupo de adolescentes alemanes se conjuran para defender el puente de su pueblo ante el avance aliado. El mismo puente que tan sólo unos días atrás era el escenario de sus juegos infantiles se convierte en el lugar de su muerte. Su ingenuo idealismo mezclado con el burdo sentido de la hombría propia de la edad les lleva a caer como moscas en un enclave, como descubrimos luego, sin apenas importancia estratégica. Tras el último plano la imagen funde a negro y una voz en off extiende la amargura: “Esto ocurrió el 27 de abril de 1945. Fue tan irrelevante que no apareció en ningún comunicado de guerra”. El puente es el Florian-Geyer en el pequeño pueblo de Cham, cerca de Munich. Fue terminado en 1926 y todavía está allí.

El puente como localizador y símbolo

Multitud de películas empiezan con el puente de Brooklyn u otro similar. Sirven para localizar la acción. Una de las primeras informaciones que debe recibir el espectador cuando se enciende la pantalla es dónde transcurre la misma. Además en cine, una información se mantiene constante hasta que no aparezca otra que la contradiga. Las obras de ingeniería que hacen reconocible el paisaje para el espectador sirven como localizadores. Si en el primer plano de la película sacamos el puente de Brooklyn, estamos diciendo al espectador que la acción se va a desarrollar en Nueva York. Aunque luego, como ocurría en los primeros tiempos del cine, la mayoría de la acción se rodara en decorados en el interior de los estudios.

Últimamente están muy en boga las películas con mucha acción que transcurren en varios continentes. Para este tipo de películas de espías o asesinos a sueldo -las de 007, misiones imposibles, casos Bourne y demás- los localizadores resultan fundamentales. Un planito del Golden Gate y el espectador sabe que estamos en San Francisco; otro de la Torre Eiffel y.., París; el museo Guggenheim y... Bilbao. Porque además ocurre que las grandes obras de arquitectura e ingeniería cada día se hacen más espectaculares y reconocibles. Gobiernos y municipalidades ya no sólo buscan lo funcional, sino que eligen proyectos que por sus características originales les sitúen en el mapa. Con seguridad, el flamante puente de Millau finalizado en 2005 ( 2,4 kilómetros de autopista sobre una abismo de 270 metros en el valle del río Tarn en Francia) pronto será protagonista en una película.

La relación entre el cine y las obras civiles ha sido clara hasta ahora. La pregunta que queda en el aire ahora es si los grandes puentes y las obras civiles singulares son una herramienta utilizada por el cine, o deberíamos mirar la relación desde el otro extremo y afirmar que las ciudades utilizan el cine para su promoción.

Este mismo año dos ciudades españolas, Barcelona y Oviedo, se han volcado en ofrecer todas las comodidades posibles a Woody Allen para el rodaje de su película. Es indudable que ambas ciudades se frotan las manos pensando en la repercusión mundial que les proporcionará el próximo estreno de ‘Vicky Cristina Barcelona'.

Terminemos con una pequeña pero maravillosa película española. ‘Secretos del corazón' (Montxo Armendáriz, 1997) narra el despertar a la adolescencia de Javi, un niño navarro que descubre poco a poco los terribles secretos que rodean a sus mayores. Al final de la película persigue a su tía María (Charo López) y por fin se atreve a cruzar las piedras que jalonan el río a modo de puente. Ese tránsito ejemplifica mejor que ninguno la noción de cambio que todo puente, por modesto que sea, supone en la vida dramática de los personajes de una ficción

 

DESPIECE 1: El Pont-Neuf de Lansargues

Tras el complicado rodaje de ‘Los amantes del Pont-Neuf', la producción decidió retirar aquellos detalles de la reconstrucción del puente y alrededores que tenían algún valor y abandonar el resto. A día de hoy, casi veinte años después, todavía se puede reconocer perfectamente el lugar gracias, sobre todo, a los restos y residuos que no han podido ser eliminados ni por la Naturaleza ni por los curiosos-mitómanos.

El humedal de Lansargues, junto a la Camarga francesa ha pasado de ser un idílico “hotel” de paso para flamencos y otras aves migratorias, a ser un lugar más parecido a un vertedero coronado por lo que fue, durante un tiempo, el Pont-Neuf y el hotel Samaritaine.

Vivimos tiempos en los que se comienza a tener muy en cuenta la importancia del cuidado del Medio Ambiente. El cine no debería mirar hacia otro lado, y su industria tampoco.

 

DESPIECE 2: La obra civil y el cine

El libro “La obra civil y el cine. Una pareja de película”, editado por CINTER, profundiza todavía más en la relación entre la ingeniería y el cine, no solo a través de los puentes, sino del resto de obras civiles, planteando y resolviendo incluso problemas desde física general hasta el cálculo por elementos finitos, que reflejan situaciones vividas en algunas de las escenas más famosas de la historia del cine.

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